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Historia de Amanda y Tadeo

 

 

Comenzar la historia por el final es desechar las dudas sobre un truculento desenlace. Amanda ordena diarios viejos en un placard en desuso. No presta atención a lo que dicen que pasó. Recorre las páginas y recuerda lo que le dijeron en la universidad “la peor droga es el engaño”, en el año en que está, ya sabe cual es la peor medicina. Podría suceder que el mundo se transforme en un desierto donde la memoria fueran los surcos, pero la mentira no sobrevivirá a la humanidad. Mientras ella piensa, Tadeo, un viejo gruñón que supo ganarse la vida en la oficina de personal de la única fabrica textil, en la ciudad de Ingeniero Galvez, a quinientos kilómetros al sur de La Plata, interrumpe y esta vez amablemente sugiere: “está debajo de todo, debajo de las “Sólo Fútbol” del mundial setenta y ocho”. Ella busca y encuentra la foto que se habían tomado tras un cartón pintado con agujeros, por donde asomaban sus caras simulando ser piratas. Un recuerdo de cuando el circo de los hermanos Bonano visitó el pueblo.     

       Tadeo de setenta y seis años, muy afecto a las revistas deportivas, no repara en los viejos torneos, y se ve interesado sólo por los partidos más recientes. Bucea en su mundo, la radio, los partidos por televisión. No es un hombre cualquiera. En “la fabrica” cómo él la llama, aprendió, justo un año antes de jubilarse, los beneficios de la red de redes. Una feliz melancolía recorre su mirada. No era de los que amaban su trabajo, si no más bien los beneficios que este le daba. La conoció a Amanda cuando la empresa lo mandó a la Universidad de La Plata para especializarse en “Selección de personal”, allá por el año setenta y tres. Amanda es psicóloga, no tuvieron hijos, y es tres años menor que él. Los grupos políticos constituían la basé de lo que a lo largo de los años se llamó la contracorriente, esos grupos reformistas que alentaron los cambios truncos de una sociedad aún hoy, según los intelectuales, en formación.

       Escéptico y tímido, la primera vez que Tadeo habló con su actual compañera fue en el sexto piso de la Facultad de Psicología. Ella parecía dispuesta a dar su clase sobre motivación, pero la falta de electricidad impidió que lo hiciera. El diálogo fue tan absurdo cómo sorprendente. Él se acerco y le dijo: “usted que es psicóloga, me podría explicar por qué estoy dentro de este cuerpo, nací un día, moriré otro, y soy el único testigo real de lo que ven mis ojos”. Ella lo pensó un segundo y le respondió: “yo no estoy segura, pero seguramente usted no es feliz, porque sólo un niño triste se pregunta eso, y usted ya a crecido lo suficiente como para saber que la vida es tan compleja, que eso ya no importa”. Ella abandonó su cátedra meses después de su primer encuentro, cansada de las peleas políticas cómo otros tantos buenos profesionales a lo largo de la historia académica nacional. Tadeo la llamaba regularmente, y fruto de una casualidad, en una de sus tantas conversaciones sobre lo difícil que era motivar al personal, Tadeo le comento que en el Colegio Señora de Nuestra Caridad Mariana, andaban buscando una psicóloga para atender a los hijos de padres  divorciados. Unas monjas realmente adelantadas. Para Amanda, abandonar La Plata no significaba mucho esfuerzo, ya que el clima político de la época requería de una excesiva prudencia en materia de nuevas amistades.

       Tadeo insistió con la propuesta e invitó a Amanda a visitar el pueblo, un paraíso de libertad, que durante los convulsionados años setenta, se vio alejada del terrorismo de estado y la violencia política que tanto habían perturbado a Amanda aún sin saberlo. Se enamoró de Tadeo, él ya lo estaba desde que la vio en aquel claustro, se casaron. Él nunca le dijo a ella que había convencido a las incrédulas monjas, que los chicos se portaban mal porque se contagiaban de los alumnos que tenían los padres separados, que de acuerdo a las cargas sociales de los recibos que preparaba mensualmente, eran exactamente veinticinco familias de las novecientas que habitaban  Galvez. Además no dudo en brindarles una solución, le dijo a la madre superiora y rectora del único secundario del pueblo “El problema de la falta de fe en la fábrica, lo resolví yo consultando a una psicóloga de La Plata” y remató: “esa psicóloga es capaz de unir familias.”

       Fin