Historia
de Amanda y Tadeo
Comenzar la historia por el final es
desechar las dudas sobre un truculento desenlace. Amanda ordena diarios viejos
en un placard en desuso. No presta atención a lo que dicen que pasó. Recorre
las páginas y recuerda lo que le dijeron en la universidad “la peor droga es el
engaño”, en el año en que está, ya sabe cual es la peor medicina. Podría
suceder que el mundo se transforme en un desierto donde la memoria fueran los
surcos, pero la mentira no sobrevivirá a la humanidad. Mientras ella piensa,
Tadeo, un viejo gruñón que supo ganarse la vida en la oficina de personal de la
única fabrica textil, en la ciudad de Ingeniero Galvez,
a quinientos kilómetros al sur de
Tadeo de setenta y seis años, muy afecto a las revistas
deportivas, no repara en los viejos torneos, y se ve interesado sólo por los
partidos más recientes. Bucea en su mundo, la radio, los partidos por
televisión. No es un hombre cualquiera. En “la fabrica” cómo él la llama,
aprendió, justo un año antes de jubilarse, los beneficios de la red de redes.
Una feliz melancolía recorre su mirada. No era de los que amaban su trabajo, si
no más bien los beneficios que este le daba. La conoció a Amanda cuando la
empresa lo mandó a
Escéptico y tímido, la primera vez que Tadeo habló con su
actual compañera fue en el sexto piso de
Tadeo insistió con la propuesta e invitó a Amanda a visitar el
pueblo, un paraíso de libertad, que durante los convulsionados años setenta, se
vio alejada del terrorismo de estado y la violencia política que tanto habían
perturbado a Amanda aún sin saberlo. Se enamoró de Tadeo, él ya lo estaba desde
que la vio en aquel claustro, se casaron. Él nunca le dijo a ella que había
convencido a las incrédulas monjas, que los chicos se portaban mal porque se
contagiaban de los alumnos que tenían los padres separados, que de acuerdo a
las cargas sociales de los recibos que preparaba mensualmente, eran exactamente
veinticinco familias de las novecientas que habitaban Galvez. Además no
dudo en brindarles una solución, le dijo a la madre superiora y rectora del
único secundario del pueblo “El problema de la falta de fe en la fábrica, lo
resolví yo consultando a una psicóloga de
Fin